miradas hacia rafael correa

28/04/2009 § Deixe um comentário

El periodista Kintto Lucas define a Rafael Correa como un “extraño” en la presidencia ecuatoriana. “Es una figura diferente de todos los mandatarios anteriores. Surgió de sectores no tradicionales de la política, pero con una visión progresista que no había existido antes en el gobierno”, dice.

Lo que podríamos llamar de “orígenes políticas” de Rafael Correa están los en grupos cristianos de los cuales hizo parte en su juventud. Tales grupos estaban más vinculados a corrientes progresistas de la democracia cristiana y no a la teología de la liberación.

El giro de Correa a la izquierda viene -según Kintto- cuando empieza a estudiar economía. El actual presidente del Ecuador se graduó en la Pontificia Universidad Católica de Guayaquil, misma ciudad en donde nació. Luego se especializó en EEUU y Bélgica. Trabajó para el Banco Interamericano de Desarrollo y, más tarde, ejerció como profesor de la Universidad San Francisco de Quito.

“Cuando Correa empieza a dar clases e investigar el tema económico, se da cuenta de cómo se estructuraba la economía y se siente golpeado”, analiza Kintto. “Eso le lleva a la izquierda o, más bien, a un pensamiento económico de izquierda, que no logra ser un pensamiento político.”

El ascenso

Su surgimiento como candidato a la presidencia viene de la corta actuación que tuvo en el Ministerio de Economía. Tras la caída de Lucio Gutiérrez, en 2005, Correa es nombrado por el gobierno Alfredo Palacio para dirigir las finanzas del Ecuador.

Algunas medidas que tomó como ministro le valieron una popularidad casi instantánea. Una de ellas fue acabar con las oficinas que el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial mantenían dentro del edifico que abriga al Ministerio de Economía.

“De ahí a ser candidato a la presidencia fue fácil. Él era la figura a la izquierda que podía ganar. Entonces distintos sectores se agruparon en torno a él”, destaca Kintto.

Inestabilidad política

Para entender el acenso de Correa también es importante subrayar la historia reciente de la política ecuatoriana. Entre 1996 y 2006 pasaron por el Palacio de Carondelet siete gobiernos diferentes. En un intervalo de apenas diez años, se contabilizaron tres golpes de estado -contra Abdallah Bucaram, Jamil Mahuad y Lucio Gutiérrez- promovidos o por movilizaciones populares o por las Fuerzas Armadas o por los dos cosas. En el año 2000, el Ecuador vivió una noche bajo un Triunvirato.

“Todas las movilizaciones que se han realizado en los últimos años, junto con demandas específicas de los sectores sociales, han puesto en cuestión la lógica del modelo neoliberal”, nos dice Alex Zapatta, sociólogo del Centro de Investigaciones para el Desarrollo.

Rafael Correa pudo unificar electoralmente a la mayoría del país en un momento en que el sistema político ecuatoriano había llegado al punto más alto de su crisis de legitimidad. Mientras botaban a Lucio Gutiérrez en las protestas que cercaron el centro de Quito en 2005, los manifestantes gritaban “¡Que se vayan todos!” El descontento iba mucho más allá que la discordancia con este o aquel presidente.

“No se trataba sólo una crisis de institucionalidad, del régimen político o resultado de la corrupción. Esta es la crisis del capitalismo dependiente, del modelo de acumulación y de la estrategia neoliberal. Hay una quiebra en la dominación política y una crisis de hegemonía”, escribe Andrés Rosero, economista de la Escuela Politécnica Nacional. En otras palabras -según esta interpretación- las élites que venían dominando la escena política ya no lograban presentar su interés particular como intereses generales.

La oportunidad

En respuesta a las demandas populares, Correa propuso en la campaña combatir a la “partidocracia”. A las voces que se levantaban en contra del neoliberalismo, el presidente prometió una nueva Constitución que transformaría la economía de mercado en una economía social y solidaria.

“De ahí el discurso de Correa en sus primeros días como presidente: ‘Se acabó la larga noche neoliberal’. La convocatoria de la Asamblea Constituyente suponía la necesidad de tener un marco institucional distinto al que había dado piso y sustento a la implementación de políticas de ajuste estructural y estabilización macroeconómica”, concluye Alex Zapatta.

Para atender a las exigencias del cambio, su gobierno elaboró la Revolución Ciudadana y anunció: “La Patria ya es de todos”. Para ello, Correa encarnó muchas de las demandas del movimiento indígena, el más fuerte del país. Entre ellas están los principios que definen la Constitución ecuatoriana como una de las más populares de Latinoamérica. Además de invocar la protección de la Pacha Mama, la Carta garantiza los derechos de la naturaleza, el buen-vivir y la plurinacionalidad.

Los matices del cambio

Todo este escenario debería definir un proceso de cambio que Alberto Acosta, ex presidente de la Asamblea Constituyente, describe como “un intento por transformar el Ecuador con amplia participación de la ciudadanía, en donde no puede haber alguien que aparezca como el portador de la voluntad política colectiva.”

En este contexto estarían garantizadas a las nacionalidades indígenas un relativo grado de autodeterminación cultural dentro de sus comunidades, que respetasen la vigencia de sus costumbres ancestrales en vez de ubicarles unilateralmente bajo valores europeos -como ha pasado desde la dominación española-. Se debería también, en las palabras de Acosta, destinar esfuerzos hacia una concepción de la política que privilegiara la “vida en armonía del ser humano consigo mismo, con sus congéneres y con la naturaleza”. Pero, de momento, estos conceptos no salen del papel.

“Correa sabe que un proceso de desarrollo que respete la naturaleza, que no explote el petróleo o la minería, tiene impactos políticos que pueden poner en riesgo su estabilidad”, afirma Francisco Hidalgo, sociólogo de la Universidad Central del Ecuador.

La doble oposición

La izquierda critica ferozmente al presidente por haberse quedado a medio camino de un cambio profundo. La derecha, a su vez, le llama radical y extremista. Entre estos dos puntos de vista, sobresale la Revolución Ciudadana de hecho, un proyecto que en la práctica ha reconstruido la infraestructura pública en salud y educación, renegociado los contratos de explotación petrolífera en beneficio del estado, verificado la legalidad y legitimidad de la deuda externa, expulsado la CIA del país, exigido de los más ricos el pago de los impuestos que debían al fisco e incentivado a la incipiente industria nacional.

Sin embargo, no ha cambiado las características generales del modelo de desarrollo. La propiedad privada está garantizada, la reforma agraria todavía no viene, las líneas de financiación con organismos internacionales de crédito continúan abiertas, las inversiones extranjeras son bienvenidas y -más que nada- la economía extractivista y primario-exportadora no ha sido tocada.

Como dice el ex presidente de la Asamblea Constituyente, “hemos sido un país cacaotero, bananero, floricultor, camaronero, petrolero y ahora se sueña con ser un país minero. Me creo que eso es un error.”

Desarrollismo

La Ley de Minería aprobada en enero es el gran ejemplo de las limitaciones de la Revolución Ciudadana. Por eso, los expertos entrevistados la definen como un retorno al modelo desarrollista propuesto por la Comisión Económica para América Latina y Caribe (Cepal) en los años 1960 y 1970. Y eso se refleja sobre todo en la mayor presencia del estado en la economía y en la política de sustitución de importaciones. Por lo tanto, nada de socialismo del siglo XXI.

Para Kintto Lucas, el problema es ubicar a Correa como revolucionario o como izquierda radical. “Si lo ubicas ahí, te equivocas, porque esperas cosas que su gobierno no va a hacer. En cambio, si lo ubicas como lo que es -un tipo progresista, preocupado con la economía- entonces llegas donde se puede llegar.”

De todas formas, Rafael Correa y la Revolución Ciudadana esperan los resultados electorales del domingo para -tal vez de una vez por los próximos cuatro años- definirse a sí mismos y acabar con la ambigüedad que flota sobre su imagen y su discurso. (c)

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