disputa por la integración

27/06/2009 § 1 comentário

“Los que quieren negar la importancia de la integración de nuestros pueblos sufren de ceguera histórica. Claramente tenemos un pasado común y creo que es ineludible nuestro destino común.” Las palabras son de Rafael Correa, presidente del Ecuador, que a partir del próximo 10 de agosto será también presidente pro-tempore de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur).

No sería una exageración decir que la integración regional es el pilar que sostiene la política externa ecuatoriana. Una evidencia de ello está en la propia constitución del país, aprobada el año pasado. El texto reserva un capítulo especial al tema y define que “la integración será un objetivo estratégico del estado”. No en vano Rafael Correa a menudo menciona el nombre de Simón Bolívar en sus discursos acerca de la necesidad de estrechar los lazos con los países latinoamericanos y construir la “patria grande” con la que soñaron los próceres de la independência.

Los elogios a la integración pueden parecer, pero no son, un mero artificio retórico. La última visita realizada por Hugo Chávez al Ecuador, apenas un mes después de la reelección de Correa, demostró que ambos los presidentes están interesados en el fortalecimiento de la integración regional y, más que ello, que ven en la actual crisis económica una oportunidad para intensificar los acuerdos de cooperación. Se puede decir que los mismos anhelos integracionistas –aunque con distintos matices– hacen parte de la agenda de por lo menos ocho de los 12 gobiernos suramericanos.

“No podemos continuar esperando que los países del norte cambien o que desde el norte lleguen las decisiones para perfeccionar la arquitectura financiera internacional”, dijo el mandatario venezolano. “A pesar de que Europa, EEUU y los grande países capitalistas puedan recuperarse de la crisis en un plazo relativamente corto, el mundo nunca más será el mismo. El paradigma neoliberal está pulverizado, las tesis del libre mercado, de la flexibilización laboral, de la mano invisible, todo eso se acabó. Ahora el mundo tendrá que buscar un nuevo camino.”

Es casi una unanimidad que este camino pasa por la integración. Y muchas medidas vienen siendo tomadas en este sentido, sobre todo dentro de la Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA). Creada por Venezuela y Cuba en clara oposición al Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), el bloque creció en los últimos años y absorbió los gobiernos de Bolivia, Nicaragua, Honduras, Dominica, San Vicente y Granadinas y, más recientemente, Ecuador.

Hay una serie de críticas sobre el protagonismo venezolano dentro del ALBA, una vez que Chávez sería una especie de tutor que mantiene sus pupilos ideológicamente alineados a su bolivarianismo debido a la generosidad petrolera de PDVSA. Por ello la oposición de todos estos países continuadamente se queja de la supuesta sumisión de sus presidentes al liderazgo de Chávez. Pero la diplomacia chavista no puede ser definida de manera tan sencilla.

“Venezuela promueve y apoya dentro del ALBA una serie de proyectos comunes sobre su petróleo, en los que las empresas estatales de países como Ecuador pueden invertir en la explotación de yacimientos dentro de Venezuela”, explica Eduardo Gudynas, analista del Centro Latino Americano de Ecología Social (CLAES). “Se comparte, así, un recurso estratégico. Brasil, por ejemplo, nunca ha aceptado este mecanismo. Petrobras no divide nada y, al revés, intenta expandirse sobre los países vecinos.”

Gudynas define al ALBA como un “entramado de acuerdos de asistencia y complementación económica, social y cultural”, diferente de la Unasur, que se trata mucho más de un foro de discusión política y búsqueda de consensos regionales. No son, por lo tanto, dos bloques que compiten entre sí por los “corazones y mentes” de los gobiernos latinoamericanos. Disponen de objetivos distintos, y por ello países como Venezuela, Bolivia y Ecuador, a la vez que trabajan por el crecimiento del ALBA, hacen lo mismo por la Unasur.

Por ello, el asesor del Ministerio de Relaciones Exteriores ecuatoriano, Julio Oleas, afirma que el continente está asistiendo a un fenómeno interesante dentro del nuevo proceso de integración regional. “Varios grupos con objetivos integracionistas están estableciendo una suerte de competencia entre sí, una competencia que puede ser muy benéfica para los intereses de la geopolítica latinoamericana.”

Oleas explica que el ALBA ha avanzado más que la Unasur en determinadas cuestiones, mismo porque su carácter ideológico permite una celeridad en la firma de acuerdos que la incesante búsqueda de consensos dentro de la Unasur, mal o bien, impide. El más grande ejemplo tal vez sea el proyecto de unidad monetaria –el preferido de Correa– que pretende disminuir la dependencia regional de dólares. Por ello, está siendo seriamente estudiada dentro del ALBA la creación del Sucre (Sistema Único de Compensación Regional) y la confección de convenios bilaterales que creen mecanismos propios de transacción comercial y financiera que dispensen la necesidad de moneda extranjera.

Otra de las apuestas de los países del ALBA está en el Banco del Sur. En las palabras de Chávez, “está todo listo, ya se acordó a nivel técnico el documento, lo que falta es poner la plata. Venezuela está lista, y lo mismo hablamos con la presidenta argentina, con Correa y con Evo”. La intención es que la nueva institución comience a funcionar con un capital inicial de 10.000 millones de dólares. El dinero sería utilizado para financiar el mismo tipo de proyectos que hasta hoy día eran financiados con recursos del Banco Mundial, FMI y otros organismos multilaterales de crédito.

Trabas

Muchos son los retos a ser enfrentados por la tercera cumbre de la Unasur, que este año se realiza en Quito. Bajo la presidencia temporal del Ecuador, el bloque buscará consolidar los consejos –ya existentes– de Defensa, Salud y Energía. “También nos esforzaremos para que la mayor cantidad posible de grupos de trabajo se conviertan en consejos debidamente constituidos”, explica Julio Oleas. Otra prioridad será la instalación de una secretaría general permanente en la capital ecuatoriana, que es la sede de la Unasur. Para tanto, la diplomacia de Rafael Correa tendrá que vencer la resistencia del Uruguay, que se niega a aceptar el nombre de Néstor Kirchner para el puesto de “primer-ministro” del bloque.

Ésta es una pequeña muestra no sólo de que continúa resonando el impase argentino-uruguayo por la instalación de una papelera en la frontera entre los dos países, sino también de que los conflictos diplomáticos siguen desempeñando su papel como una de las principales barreras a la integración suramericana. Y son varios. Ecuador y Colombia están con las relaciones rotas desde que el ejército de Álvaro Uribe violó su territorio para destruir un campamento de las FARC. Perú sostiene una demanda internacional contra Chile por la definición de límites marítimos. A Caracas no le gustó el asilo concedido por el gobierno peruano a políticos venezolanos investigados por corrupción, y Bolivia está descontente con Lima por los mimos motivos. Paraguay exige una renegociación de los contratos de compra y venta de la electricidad generada por la hidroeléctrica de Itaipú, en la frontera con Brasil. Lula ya tuvo sus problemas con Ecuador y Bolivia por cuestiones económicas. La Paz tiene una bronca histórica con Chile por una salida al Pacífico… y con frecuencia ganan la prensa declaraciones nacionalistas de militares y funcionarios de gobiernos resucitando viejas rivalidades.

Sin embargo de ello, el canciller chileno Mariano Fernández cree que la situación ha mejorado mucho en los últimos años. No es demasiado recordar que la última guerra suramericana –la Guerra del Cenepa– ocurrió en 1995, cuando Alberto Fujimori condujo tropas peruanas a un pequeño territorio ecuatoriano en la Cordillera del Cóndor. Desde entonces, los enfrentamientos bélicos entre países vecinos en el continente parecen haberse transformado en algo anacrónico e inaceptable. La incursión colombiana en Ecuador el año pasado, por ejemplo, fue inmediatamente condenada tanto por el Grupo de Río como por la Organización de los Estados Americanos (OEA). Tal vez por primera vez desde la independencia, un conflicto armado –su eminencia o posibilidad– no hace parte de la realidad regional.

“Durante muchos años tuvimos países liderados por caudillos civiles y militares que prefirieron explorar rivalidades internacionales, sobre todo en temas fronterizos, para obtener cohesión interna alrededor de sus gobiernos”, recuerda el ministro de RREE chileno. “Eso ha cambiado, especialmente después del fin de las dictaduras de la seguridad nacional, cuyo legado de injusticia ha dado paso a un continente en donde prácticamente todos los gobiernos son elegidos de manera democrática. Uno podría sostener sin ambigüedades que en América Latina la democracia es sinónimo de integración y la integración es sinónimo de democracia”, concluye.

Mariano Fernández aun señala el gradual cambio de posición de algunos países suramericanos en la división internacional del trabajo. Históricamente condenada a producir materias-primas, venderlas a Europa y EEUU y comprarles bienes manufacturados, relegando el comercio regional a la última de las prioridades, hoy las relaciones financieras dentro de América del Sur se han incrementado bastante. El caso de Chile es un buen ejemplo. En 1958, la economía chilena se apoyaba sobre el cobre. El mineral era responsable por 90 por ciento de las exportaciones del país. Un 50 por ciento de las ventas externas se dirigían a Europa y otros 40 por ciento, a los EEUU. “Hoy Chile tiene en el cobre apenas 45 por ciento de sus exportaciones. Hay una enorme diversificación de productos, de los cuales 30 por ciento van para Asia, 30 por ciento a Europa, 20 por ciento a América del Norte y 20 por ciento a América Latina”, subraya Fernández.

El cada vez más grande intercambio comercial entre los países suramericanos es uno de los puntos neurálgicos de la integración. Y muchas voces creen que un proceso de acercamiento regional no puede avanzar sin una sólida asociación económica que la sostenga. “Para que exista una integración efectiva, los países vecinos deben también ser los primeros socios comerciales unos de los otros”, comenta Guillaume Long, experto de la Facultad Latino Americana de Ciencias Sociales (FLACSO). “Es lo que ocurre en la Unión Europea, pero en América Latina el principal socio de muchos países son los EEUU. Los países de la Comunidad Andina de Naciones, por ejemplo, exportan entre sí solamente un 15 por ciento de sus ventas internacionales.”

Aquí, empero, Long apunta otro problema: la presencia de un país hegemónico en el continente, es decir, Brasil, que a su juicio es “la solución y a la vez el problema de la integración regional”. Nadie pone en duda la fuerza de la economía brasileña dentro de América del Sur, pero, si algo molesta a los actuales gobiernos vecinos, ello es el subimperialismo brasileño. Son históricas las quejas de Bolivia, Uruguay y Paraguay dentro del Mercosur de que Brasil ha sido el gran beneficiado por la unión aduanera.

Fuera del bloque económico, un indicio de la presencia cada vez más ostensiva de la economía brasileña en la región es la Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Suramericana, también conocida como Iirsa, que es financiada por el brasileño Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES).

“Eso tiene que ver con la resistencia de Brasil en promocionar bancos de desarrollo alternativos, como el Banco del Sur. El BNDES tiene sus propios intereses, y las grandes empresas brasileñas de infraestructura se comportan como empresas transnacionales de cualquier lugar del mundo”, explica Julio Oleas, del Ministerio de RREE del Ecuador. “El Iirsa es precisamente uno de los temas de conflicto de la Unasur, uno de los puntos calientes que deben ser superados para que podamos ir hacia un nuevo sistema de integración.”

Más allá de las ventajas comerciales y financieras, la diplomacia ecuatoriana cree que la Unasur debe defender ciertos referentes de solidaridad. Julio Oleas deja claro que una integración basada exclusivamente en la venta de bienes y servicios genera disparidades internas y no interesa al país. “Debemos tener una percepción común más clara en política social, infraestructura, manejo de energía y planificación territorial que no pase por el mismo camino de integración que atravesamos en la segunda mitad del siglo XX. Estamos hablando de un nuevo proceso”, destaca. Uno de los principales objetivos de este cambio de paradigmas es acabar con las llamadas asimetrías regionales –que apenas se intensifican con iniciativas como el Iirsa–.

Ésta es una de las razones que llevan Eduardo Gudynas a creer que la Unasur es, en algunos aspectos, un retroceso al proceso de integración. Más que nada, porque el tratado que la constituye desaparece con elementos sustanciales de la integración suramericana, tales como la reducción de asimetrías entre grandes y pequeñas economías y la coordinación productiva.

“La Unasur terminó por legitimar un largo proceso de postular que la integración es esencialmente suramericana y no latinoamericana. Esa idea fue presentada con fuerza por Fernando Henrique Cardoso en el 2000, durante la primera cumbre de presidentes de América del Sul. Cardoso consideraba que México, América Central y el Caribe ya estaban bajo influencia de los EEUU, y que Brasil sólo podía liderar en América del Sur”, argumenta Gudynas. “El gobierno de Lula profundizó la misma línea. Le han dado un duro golpe en el viejo propósito de integración latinoamericana. Y es paradojal que ese golpe no sólo esté pasando casi desapercibido, sino que fuese ejecutado desde la diplomacia de un gobierno de izquierda.” –tadeu breda (cc)

>> publicado en Brecha

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