De las portadas al olvido

18/05/2010 § Deixe um comentário

Dos meses después del seísmo, Haití sigue siendo una región devastada donde las enfermedades y la malnutrición han tomado el mando. La inminente temporada de lluvias, los huracanes y la corrupción institucionalizada amenazan la vida de cerca de 800.000 desplazados. Además, la ayuda internacional no parece suficiente para mantener la frágil estabilidad del país más pobre de América

La ruta 48 comienza a perder asfalto y a llenarse de baches en la salida de Jimaní, la última villa dominicana antes de entrar en Haití. Decenas de pequeños estraperlistas, con sus cargas sobre la cabezas, zigzaguean a lo largo de una kilométrica hilera de trailers y de miles de toneladas de ayuda humanitaria que se dirigen hacia el centro logístico de Puerto Príncipe. Moto-taxis, tap-taps, mercaderes y cambistas de dudosa reputación deambulan en un aparente “nada que hacer”, mientras decenas de militares dominicanos y cascos azules intentan poner orden en ese anárquico ir y venir  en el que se ha convertido el paso fronterizo de Mallepasse. Son las once y media de la mañana y la mayoría de conductores cargan en sus miradas el cansancio de una espera que dura ya más de 5 horas. Pese a las facilidades ofrecidas por el departamento de Inmigración dominicano –hace ya más de un mes que no se exige visado para cruzar la frontera en dirección a la tragedia- todo se atasca y ralentiza en el servicio de aduanas de Haití, que no se muestra tan permisivo con la ayuda destinada a su propia hecatombe.

Mari Sol es la representante del convoy de ayuda que MUDHA (Movimiento de Mujeres Dominico-Haitianas) envía a uno de los orfanatos de Leoganne, ciudad que fuera epicentro del seísmo. Su oscuro rostro mezcla impotencia y mal humor y, desde hace más de una hora, rebota frenética de un extremo al otro de la gendarmería, con los formularios de aduanas enrollados en una mano y el móvil en la otra, a la espera de que el embajador haitiano en Santo Domingo atienda a su llamada. No hay manera de cruzar porque, aunque parezca mentira, “las medicinas han dejado de ser ayuda prioritaria”, según explica una oronda funcionaria de gesto serio e inflexible. Atrincherada tras una mesa de oficina, se lleva a la boca una cuchara de arroz con habichuelas y no da su brazo a torcer. El convoy no pasará hasta que no abandone el material médico que transporta. “Los medicamentos deben venir firmados y sellados por el ministerio de Sanidad”, insiste. Mari Sol y el resto de representantes de organizaciones humanitarias no pueden dar crédito. Aunque tampoco les dejan demasiado tiempo para mostrar su indignación. Otra cucharada y la funcionaria ordena a un gendarme que expulse de la sala a los cooperantes.

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“El ministerio de Sanidad se hundió con el terremoto y no funciona desde el día doce de Enero. Cuando tengamos esa documentación, nos pedirá la firma de Papa ”, repite , indignado, Walter Ramón, uno de los representantes del convoy de Cruz Roja Dominicana, mientras golpea con el dedo los folios del formulario. “Aquí mismo hay una oficina del ministerio pero no esta el funcionario y ni siquiera se nos facilita su teléfono de contacto”, dice otro representante que prefiere permanecer en el anonimato. Al final, logran hablar con el embajador de Haití en República Dominicana. Pero tampoco sirve de nada. Dice que está atado de pies y manos. Las medicinas no pasan, así que Mari Sol tiene que resignarse, dar media vuelta y abandonarlas en un almacén de Jimaní. Por lo menos, las ropas y el material escolar que completan la carga podrán llegar a su destino. Una vez dentro de Haití, en una pequeña estación de servicios de La Source, a cinco kilómetros de la frontera, un grupo de transportistas dominicanos confirma la sospecha: la única firma que faltaba en los formularios es la que el secretario del Tesoro estadounidense imprime en los billetes de cien dólares.

Leogane: un viaje al epicentro

El 12 de Enero de 2010 se hundieron entre el 80% y el 90% de los edificios de la ciudad de Léogane, según los datos de la ONU. A día de hoy, la gran mayoría de los 140.000 habitantes de esta ciudad borrada del mapa vive bajo el control de la fuerzas armadas canadienses, rescatando lo que puede de los escombros, hacinada en campos de desplazados y privada de su todavía incipiente pero principal fuente ingresos: el turismo.

El camino que lleva hacia la costa -donde se encontraban los complejos turísticos de la ciudad- es un reguero de humildes casas hundidas entre plataneros y refugios de latón y plástico sobre las cunetas . Aquí todavía no ha llegado esa ayuda que alivia algo a Puerto Príncipe, la capital. Las patrullas canadienses -armadas hasta los dientes pero sin ninguna ayuda efectiva- vienen y van en dirección a la playa y el sonido de los helicópteros sobrevuela la zona a cada minuto sin que parezca perturbar la vida de los habitantes del lugar. Después de dos meses, parecen ya acostumbrados a esta rutina de salir mal acompañados de su abandono.

La pequeña comunidad Ca Ira, fin del trayecto, era una villa tradicional haitiana anclada en algún tiempo muy remoto. Por aquí no viene mucha gente de la ciudad, menos aún occidentales, y las centenarias costumbres de sus antepasados africanos y el vudú marcan los comportamientos y las estructura de esta aislada sociedad. Entre los pequeños claros del bosque tropical que bordea la costa se desparraman los esqueletos de decenas de sencillas casas de madera que hablan de esa vida primitiva y sencilla. Raquíticos cerdos y escuálidas gallinas, sustento del día a día, campan a sus anchas entre las ruinas. A su alrededor, los innumerables críos de la zona juegan con sus cometas hechas de plástico y ramas junto al improvisado campo de desplazados en el que unas 200 familias sobreviven mientras reconstruyen su pequeño y aislado paraíso.

Jean Tus, de 40 años, llegó aquí el día 15 de enero, tres días después del terremoto. El es haitiano y emigró con sus padres, aún siendo un niño, a Estados Unidos. Allí, trabaja de cámara para una televisión local de Chicago. Su familia es de una aldea no muy lejana, a unos 5 kilómetros siguiendo la ruta que va hacia Grand Goave. A día de hoy, como él mismo asegura, sus raíces se han hundido en esta comunidad hasta sentirse uno más. “Volverme ahora a mi casa y dejarlos así sería algo inmoral, así que me quedaré más tiempo”, dice. ¿Cuánto tiempo? El suficiente como para convencer a un equipo de médicos estadounidenses para hacer una campaña de vacunaciones en la zona. El aislamiento y las condiciones de vida de esta población hace que el dengue y la malaria causen estragos cada estación de lluvias, y ésta que se avecina promete ser mucho más agresiva.

Son las doce y media del mediodía y Jean Tus se acerca a una improvisada iglesia levantada bajo la frondosa vegetación que cubre las ruinas de cuatro cabañas. Tras charlar con el pastor, la misa se interrumpe y Jean toma la tribuna para explicar a la parroquia el procedimiento para la vacunación que se llevará a cabo al día siguiente. Al termino de la celebración religiosa casi toda la congregación se encuentra formando un larga hilera frente al campo de desplazados. Allí, uno por uno irán apuntando su nombre y edad, para dejar constancia de aquellos que están dispuestos a aceptar la ayuda que se les ofrece. En estas comunidades tan aisladas no todos se fían de las bondades que trae el hombre blanco.

Amanece en el campo de desplazados de Ca Ira. Al igual que el día anterior casi toda la comunidad aguarda reunida la llegada de los doctores. El estado de animo es de alegría generalizada. Ancianos, mujeres y niños forman el grueso del grupo, pues la mayoría de los hombres aún se afanan en arreglar sus tiendas y en recoger las pocas cosas de utilidad que aún permanecen en sus casas. Jean Tus parece intranquilo, pero hay un brillo de satisfacción en su mirada. La satifacción de saber a su comunidad un poco más segura para afrontar la temporada de lluvias.

Puerto Principe: el lento despertar

Poco o nada queda ya de las casas con reminiscencias coloniales, de los paseos porticados o de aquellas iglesias con influencias francesas que hacían de Puerto Príncipe una ciudad hermosa, pese a la pobreza e inestabilidad crónica que nunca ha logrado arrancarse. Hoy, meses después de la tragedia, sus 4 millones de habitantes viven inmersos en la sofocante nube de polvo que se levanta de los escombros . En cada calle, en cada esquina, se levanta un puesto de venta de cualquier cosa, desde teléfonos averiados hasta el “aguasal” de las entregas de ayuda humanitaria. Las montañas de basura arden o se pudren a la vera de cualquier solar venido abajo y cada casa destruida se convierte en puesto de trabajo para unos ciudadanos tratan de extraer, desesperados, cualquier material útil. Por lo general, hierros, maderas  o muebles mutilados que serán destinados a la urgente mejora de sus nuevos hogares en los campos de desplazados que se extienden por toda la urbe. La temporada de lluvias se acerca y el temor a las riadas y las epidemias espolea a la población a hacer aquello que sus gobernantes aún no han sabido hacer: tomar las riendas de la reconstrucción.

Cerca del destruido palacio presidencial, un grupo de chavales del campo de desplazados de Cham du Mars se afana por extraer una gran viga de madera de los escombros de un edificio ministerial., como todos los edificios públicos, vedado al reciclaje. El olor acre e incisivo de los cuerpos sin vida que aún permanecen allí inunda la escena. Algunos de los muchachos, los que por su edad aún no sirven para tan duro trabajo, vigilan desde fuera la llegada de la policía; otros muchos se arrastran entre los muros y los hierros retorcidos ignorando los riesgos de un nuevo temblor. La explotación de estas minas de escombro, siempre en grupo, esta regida por la ley del más fuerte. En el momento en que otro grupo osa acercarse al paupérrimo botín, se marca el territorio a pedradas y estacazos. En esta ciudad, como en tantas otras afectadas por el seísmo, el día a día se ha transformado en una lucha individualista por la conservación. Aquí, el valor de la vidas ajenas se cotiza a la baja.

El Hospital Universitario, uno de los pocos hospitales públicos de Puerto Príncipe, también cedió a los envites de la tierra aquella tarde. Pese a su robusta estructura, son muy pocos  los pabellones que siguen en pie y casi todos están inservibles. Solamente uno, aquel al que se derivan los casos más urgentes, permanece operativo. Todas las demás áreas, desde ginecología hasta pediatría ,están ubicadas en la veintena de tiendas de campaña que esparcen por lo que un día fueran los aparcamientos y los jardines. El equipo de profesionales que allí trabajaba, mortalmente golpeado por la tragedia, también se ha reducido en un gran número y sus puestos se ven ahora cubiertos por decenas de voluntarios, nacionales y extranjeros, desbordados por el gran número de afectados y la escasez de medios con la que trabajan.

Alain Morel cursaba el último año en la facultad de medicina hasta que la universidad se vino abajo. Ahora es voluntario en el hospital y ayuda en lo que puede dentro del área reservada a la maternidad. En si, una gran tienda de campaña con capacidad para 18 camas y un porche con el suelo forrado de cartones donde descansan las embarazadas. Armado con una  bata azul y un auscultador, Alain trata de pasar la revisión a una de las pacientes, pero no es fácil escuchar los sonidos del organismo cuando a tu alrededor alguien chilla, presa del dolor de las contracciones. “Estamos volviendo a los indices de los años 90” dice refiriendose a la mortandad neonatal. “La situación es de extrema necesidad”, lamenta. Madres y recién nacidos apenas pueden permanecer unas horas en el hospital y, cuando se van, suelen volver a un campo de refugiados “donde las condiciones de higiene ponen en grave riesgo la salud de ambos”.

Amanece en Puerto Principe y cientos de personas se agolpan sobre uno de los cruces del Bulevar Toussaint Louverture, no muy lejos del aeropuerto internacional. El nerviosismo marca los rostros y miradas de todos los que allí esperan; y al dibujarse en el horizonte los primeros camiones, los gritos, los golpes y los empujones comienzan a subirse de tono hasta formar una gran masa de histeria, en la que los peor parados son los de siempre: ancianos y niños. Hoy es día de reparto de comida en el distrito de Cité Militaire, al noroeste de la ciudad, y pese a la presencia de una compañía de Rangers estadounidenses, se hace difícil mantener a raya el instinto de supervivencia de tantos seres humanos. “Si no estuviéramos aquí, ya se habrían echado encima del camión, pisándose unos a otros y sin dar tiempo a abrir las puertas”, comenta el Sargento Gaettah con una indiferencia rayana a la crueldad, mientras sus muchachos tratan de sacar de la fila a todo aquel que no cuenta con cartillas de racionamiento.

La entrega de hoy poco tiene que ver con las que aún se producen en zonas de acceso más difícil. Allí, aún pueden verse esas grandes montañas humanas de rostros asustados y de desconsuelo. Allí, la gente aún se aplasta presa de la desesperación y las madres pelean como leonas con sus críos a la espalda por lo que toque, pues la mayoría de las veces ni tan siquiera se sabe que hay dentro de los fardos. La imagen de hoy es menos cruda y menos mediática, pero hay un poso enorme de incertidumbre. Las miradas de los que aquí esperan hoy lucen cansancio y desesperación, las barrigas hinchadas de los niños hablan de una desnutrición mucho más antigua que el seísmo y que el orden aparente es fruto de una ocupación militar, no tan bien vista desde aquí dentro.

“La unión hace la fuerza” reza la bandera de Haití. Frase que encierra una gran paradoja, casi una broma de mal gusto, en éste país cuyos gobernantes fueron los primeros en dar la espantada tras la tragedia. Un país en el que un 10% de la población posee más del 80% de las riqueza y en el que mas de 6 millones de pobres sobrevive gracias a los parches de la ayuda internacional. Un país, el más pobre de América, en el que cada individuo se ve obligado a mirar su propio ombligo, posiblemente inflamado por la malnutrición. –texto y fotos por manu brabo (c)

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A pequena revolução de Pepe

05/05/2010 § 1 comentário

Depois dessa última reunião de cúpula da União de Nações Sulamericanas (Unasul) ficou claro que pelo menos um dos 12 chefes de estado que compõem o bloco deseja realmente materializar a integração regional. E isso passando por cima de interesses políticos domésticos.

Seu nome é José Mujica, também conhecido como Pepe, o presidente do Uruguai. Mujica surpreendeu a todos manifestando voto favorável ao nome de Néstor Kirchner para ocupar a secretaria-geral da Unasul.

Já há alguns anos o nome do ex-presidente argentino vinha sendo cotado para assumir o cargo. Trabalhavam por ele, além da chancelaria portenha, os bons ofícios de Hugo Chávez, Luiz Inácio Lula da Silva e Rafael Correa, atual presidente pro-tempore do organismo. {ver la integración que vale}

Kirchner foi eleito para comandar a Argentina em 2003, na esteira das manifestações populares que derrubaram dois presidentes – Eduardo Duhalde e Fernando de la Rúa – devido às dificuldades econômicas atravessadas pelo país no final dos anos 90. Os protestos ficaram conhecidos como panelazos, e pode-se dizer que Kirchner, decretando moratória ao FMI, reequilibrando os investimentos sociais e colocando um freio às reformas da cartilha neoliberal, conseguiu amansar seus concidadãos e reestabilizar politicamente a Argentina.

Enquanto estava à frente da Casa Rosada, El Pingüino era um dos integrantes da chamada “esquerda sulamericana”, rótulo utilizado para simplificar o fenômeno que no começo do século XXI levou candidatos de origem popular ou inspiração socialista aos governos de praticamente toda a região, com a exceção de Colômbia e Peru.

Kirchner, porém, se envolveu numa peleja com seu colega – e também membro da “esquerda sulamericana” – Tabaré Vázquez, do Uruguai. Tudo devido à construção de uma fábrica de papel e celulose às margens do rio Uruguai, que divide os dois países. Em 2004, precisando criar postos de trabalho, o governo uruguaio do então presidente Jorge Battle recebeu de braços abertos a companhia finlandesa Botnia quando a transnacional decidiu se instalar na localidade de Fray Bentos, a poucos quilômetros da Argentina.

Quem não gostou foram os habitantes de Gualeguaychú, que fica do lado de lá do rio. Sob a alegação de que a fábrica iria poluir as águas binacionais, degradar o meio ambiente e prejudicar o consumo humano, os argentinos protestaram, exigindo que a usina fosse realocada para longe dali. Não adiantou. A Botnia fechou os olhos para a queixa das ongs, sindicatos e movimentos sociais argentinos, que em resposta – e na melhor tradição piquetera – fecharam a ponte General San Martín, que liga os dois países, em 2006. {ver notisur}

O caso foi se agravando e agravando até envolver os governos de Buenos Aires e Montevidéu. Sem conseguir chegar a um acordo com os vizinhos ou segurar a fúria de seus cidadãos, a Casa Rosada levou a briga para o Tribunal Internacional de Haia. Isso aconteceu em 2007. Desde então a ponte está fechada, e nem mesmo a decisão da corte holandesa, anunciada em abril, demoveu os argentinos de sua luta.

Após três anos de deliberações, os magistrados de Haia chegaram a duas conclusões aparentemente contraditórias. De um lado, reconheceram que o Uruguai, ao admitir a instalação da fábrica, violou o acordo assinado com a Argentina sobre a administração e utilização das águas binacionais. Ponto para os manifestantes. Por outro lado, porém, o tribunal entendeu que a atividade da Botnia não está prejudicando o meio ambiente nem poluindo o rio. {ver página 12} Ponto para o Uruguai.

Jogo empatado, portanto. E, como não cabe recurso da decisão, a companhia continua produzindo celulose e a ponte segue fechada.

Tabaré e Kirchner jamais voltaram a se olhar nos olhos desde que Buenos Aires decidiu levar a demanda para a corte internacional. Uma pequena crise diplomática se havia instalado, e não deixaria de existir nem mesmo depois que Néstor deixou a Casa Rosada, dando lugar a sua esposa, Cristina Fernández. Tabaré deixou em banho-maria as relações bilaterais com a Argentina até o último dia de seu mandato. Então vieram novas eleições e José Mujica, ex-guerrilheiro e vegetariano, assumiu o posto.

Mesmo sendo do mesmo partido de seu sucessor, o Frente Amplio, já na campanha Mujica revelou uma postura mais maleável perante a crise com os vizinhos. Tanto que, após vencer as eleições, fez uma visita de cortesia a Cristina quando a presidenta esteve em Montevidéu para uma cúpula regional. Tabaré jamais haveria praticado tamanha gentileza. Por sua vez, Cristina desocupara temporariamente a ponte que liga os dois países no dia das eleições que elegeram o ex-tupamaro, permitindo aos uruguaios que vivem do lado de lá da fronteira cruzarem o rio mais facilmente para votar.

Então já estava claro que Mujica poderia dar passos significativos para resolver a crise com a papelera. E a prova disso veio nesta terça-feira, 4 de maio, durante a reunião dos chefes de estado da Unasul em Campana, uma pequena cidade localizada na… Argentina.

Há tempos o grupo queria instituir uma secretaria-geral que se dedicasse exclusivamente aos infinitos problemas da integração sulamericana. E o nome que surgira naturalmente entre os presidentes da região foi o de Néstor Kirchner. Entretanto, como a Unasul antes de mais nada é um fórum de concertação política, todas as decisões devem ser tomadas por consenso. Não é necessário dizer que Tabaré Vázquez, enquanto dirigia o Uruguai, era radicalmente contra a designação de Kirchner para o cargo. Mujica não.

“He tomado la decisión de acompañar el consenso de todos los presidentes y de dar prioridad a la integración de América Latina”, disse o chefe de estado uruguaio, ressaltando que a decisão havia sido tomada de livre e espontânea vontade. “No ponemos condiciones ni nadie nos las ha pedido”.

O fato de ter votado em Kirchner não quer dizer, obviamente, que Mujica se rendeu às pressões argentinas ou que irá retirar a Botnia das margens do rio Uruguai. Como ele próprio afirma – ainda que não com essas palavras –, sua decisão é um sopro de vida à integração. {ver integração pero no mucho} É uma aposta na ideia de que os vizinhos sulamericanos podem superar as pequenas rusgas diplomáticas que sustentam entre si para estreitar cada vez mais os laços políticos, econômicos, militares e sociais. “Hay contradicciones muy fuertes [na crise entre os dois países] y, políticamente, a este presidente le cuesta el paso que va a dar, pero aun así he decidido apostar por la buena fe en nombre de nuestra pequeña nación”.

Claro que as questões que desde a época de Simón Bolívar limitam a integração latinoamericana são muito mais complexas do que podem sugerir este pequeno post. Mas oxalá a atitude de Mujica sirva de exemplo para os presidentes de Equador, Colômbia, Venezuela, Peru e Chile – todos envolvidos já há algum tempo em crises bilaterais que até agora não encontram solução à vista. –tadeu breda (cc)

Enquanto estava à frente da Casa Rosada, el Pingüino fez parte da chamada “esquerda sulamericana”, rótulo utilizado para simplificar o fenômeno que no começou do século XXI levou candidatos de origem popular ou inspiração socialista aos governos de praticamente toda a região – com a exceção de Colômbia e Peru.

Kirchner, porém, se envolveu numa peleja com seu colega – e também membro da “esquerda sulamericana” – Tabaré Vázquez, do Uruguai. Tudo devido à instalação de uma fábrica de papel e celulose nas margens do rio Uruguai, que divide os dois países. Em 2004, precisando criar postos de trabalho, o governo uruguaio comandado pelo então presidente Jorge Battle recebeu de braços abertos a companhia finlandesa Botnia quando a transnacional quis se instalar na localidade de Fray Bentos, a poucos quilômetros da Argentina.

Quem não gostou foram os habitantes de Gualeguaychú, que fica do lado de lá do rio. Sob a alegação de que a fábrica iria poluir as águas binacionais, degradar o meio ambiente, limitar a pesca e prejudicar o consumo humano, os argentinos protestaram, exigindo que a usina fosse realocada para longe dali. Não adiantou. A Botnia fechou os olhos para a queixa das ongs, sindicatos e movimentos sociais argentinos, que em resposta – e na melhor tradição piquetera – fecharam a ponte General San Martín, que liga os dois países em 2006. {ver notisur}

O caso foi se agravando e agravando até envolver os governos de Buenos Aires e Montevidéu. Sem conseguir chegar a um acordo, apelaram ao Tribunal Internacional de Haia. Isso foi em 2007. Desde então a ponte está fechada, e nem mesmo a decisão da corte holandesa, anunciada em abril, demoveu os argentinos de sua luta. Os magistrados de Haia chegaram a duas conclusões aparentemente contraditórias. De um lado, reconheceram que o Uruguai, ao admitir a instalação da fábrica, violou o acordo assinado com a Argentina sobre a administração e utilização das águas binacionais. Ponto para os manifestantes. Por outro lado, porém, o tribunal entendeu que a atividade da Botnia não está prejudicando o meio ambiente nem poluindo o rio. {ver página 12} Como não cabe recurso da decisão, a companhia continua produzindo celulose e a ponte segue fechada.

Tabaré e Kirchner jamais voltaram a se olhar nos olhos desde que Buenos Aires decidiu levar a demanda para a corte internacional. Uma pequena crise diplomática se havia instalado, e não deixaria de existir nem mesmo depois que Néstor deixou a Casa Rosada, dando lugar a sua esposa, Cristina Fernández. Tabaré deixou em banho-maria as relações bilaterais com a Argentina até o último dia de seu mandato. Então assumiu José Mujica.

Mesmo sendo do mesmo partido de seu sucessor, o Frente Amplio, Mujica desde sempre teve uma postura mais maleável perante a crise com o vizinho. Tanto que, após vencer as eleições, fez uma visita de cortesia a Cristina quando esta esteve em Montevidéu para uma cúpula presidencial. Tabaré jamais haveria praticado tamanha gentileza. Por sua vez, Cristina desocupara temporariamente a ponte que liga os dois países no dia das eleições que elegeram o ex-guerrilheiro tupamaro, permitindo aos uruguaios que vivem do lado de lá da fronteira cruzarem o rio mais facilmente para votar.

Então já estava claro que Mujica seria mais flexível na hora de se posicionar sobre a crise da papelera. E a prova disso veio nesta terça-feira, 4 de maio, durante a reunião dos chefes de estado da Unasul em Campana, na Argentina. Há tempos o grupo queria instituir uma secretaria-geral que se dedicasse exclusivamente aos infinitos problemas da integração sulamericana. E o nome que surgira naturalmente entre os presidentes da região foi o de Néstor Kirchner. Entretanto, como a Unasul antes de mais nada é um fórum de concertação política, todas as decisões devem ser tomadas por consenso. Não é necessário dizer que Tabaré Vázquez, enquanto dirigia o Uruguai, era radicalmente contra a designação de Kirchner para o cargo. Mujica não.

He tomado la decisión de acompañar el consenso de todos los presidentes y de dar prioridad a la integración de América Latina”, disse o chefe de estado uruguaio, ressaltando que a decisão havia sido tomada de livre e espontânea vontade. “No ponemos condiciones ni nadie nos las ha pedido”.

O fato de ter votado em Kirchner não quer dizer, obviamente, que Mujica se rendeu às pressões argentinas ou que irá retirar a Botnia das margens do rio Uruguai. Como ele próprio afirma – ainda que não com essas palavras –, sua decisão é um sopro de vida à integração. {ver integração pero no mucho} É uma aposta na ideia de que os vizinhos sulamericanos podem superar as pequenas rusgas diplomáticas que sustentam entre si para estreitar cada vez mais os laços políticos, econômicos, militares e sociais. “Hay contradicciones muy fuertes [na crise entre os dois países] y, políticamente, a este presidente le cuesta el paso que va a dar, pero aun así he decidido apostar por la buena fe en nombre de nuestra pequeña nación”.

Claro que as questões que desde a época de Simón Bolívar limitam a integração latinoamericana são muito mais complexas do que podem sugerir este pequeno post. Mas oxalá a atitude de Mujica sirva de exemplo para os presidentes de Equador, Colômbia, Venezuela, Peru e Chile – todos envolvidos já há algum tempo em crises bilaterais que até agora não encontram solução à vista. –tadeu breda (cc)

el último grito del chamán

03/05/2010 § Deixe um comentário

Brasilia cumple 50 años festejando el inicio de las obras del primer barrio ecológico del país. Pero la construcción de este barrio modelo y elitista se hará desplazando a una comunidad indígena que se resiste a abandonar su tierra

A Korubo le gusta construir sus casas en la cima de los árboles. Tres o cuatro pedazos de madera, unidos con cuerdas o clavos, le sirven de cama, y un trozo de plástico eventualmente hace de techo. En lo alto, Korubo encuentra refugio contra las sorpresas de la madrugada. Últimamente, sus noches no han sido de las más tranquilas. “Me quedo despierto hasta muy tarde para ahuyentar al hombre lobo”, dice.

Korubo es un indio de pelo escaso pero largo, fuerte a pesar de ser bajito. La mezcla de portugués con castellano que sale de su boca es resultado de los años vividos en la Amazonia, en una región que no conoce de fronteras entre Brasil y Perú. Nuestro encuentro se da en el Planalto Central, en noche de luna llena. El cielo está repleto de estrellas y la mirada de Korubo deja ver que, por lo menos aquí, la aparición de la criatura que es lobo y hombre a la vez no depende sólo de los caprichos del calendario lunar.

Lo que molesta el sueño de Korubo y demás indígenas que viven en la Tierra Indígena Bananal, ubicada dentro de los límites de la capital brasileña, es el avance de las obras para levantar, exactamente allí, a un precio aproximado de 5 mil dólares el metro cuadrado, el barrio más moderno y ecológicamente correcto que Brasilia jamás ha visto en sus 50 años de historia.

El motivo de las rondas nocturnas de Korubo para alejar al hombre lobo tiene sus raíces en 1987. En esta época, Lucio Costa (1902-1998), el urbanista que proyectó la ciudad, viajó a Brasilia y redactó algunos apuntes sobre el crecimiento de la capital. El Distrito Federal (df) estaba a punto de cumplir tres décadas de existencia, y Costa creyó que era un buen momento para opinar acerca de los rumbos de la urbe modernista que había ideado con el arquitecto Oscar Niemeyer. Así nació un documento titulado “Brasilia revisitada”.

Vista desde el cielo, o en un mapa, Brasilia tiene la forma de un avión. En lo que sería el cuerpo de la aeronave se ubican los organismos estatales y los ministerios; en la cabina, la Plaza de los Tres Poderes, espacio limitado por el Palacio Presidencial, el Congreso y el Supremo Tribunal Federal; las alas, divididas en sur y norte, comprenden las residencias y los comercios. A esta organización urbana se la conoce como Plan Piloto.

Entre sus muchas sugerencias para que el proyecto original no se desvirtuara, Lucio Costa escribió que la ciudad, si fuera necesario, podría expandirse en dirección de dos barrios todavía inexistentes y a los que llamó Oeste Sur y Oeste Norte. Según sus escritos, las nuevas aglomeraciones deberían ubicarse en áreas adjuntas a las alas Sur y Norte. Para los nuevos sectores Costa previó cuadras con edificios de tres pisos y supercuadras con construcciones de seis pisos, y dejó muy claro que la expansión urbana del Plan Piloto debería “responder a la demanda habitacional popular” y también a la de la clase media.

Las recomendaciones de cuño social y colectivista de Costa, que contemplaban la calidad de vida de la mayor parte de la población, hoy concentrada en ciudades carentes de los servicios básicos, alejada de los puestos de trabajo, con bajos índices de desarrollo humano y altas tasas de criminalidad, fueron solemnemente ignoradas. Alrededor de 80 por ciento de los brasilienses viven fuera del Plan Piloto, exactamente donde se concentra 70 por ciento de los empleos.

Rebautizado como Sudoeste, el barrio Oeste Sur proyectado por Costa fue construido durante la gestión del gobernador Joaquim Roriz, quien también intentaría materializar el sector Oeste Norte, pero el barrio, ahora llamado Noroeste, debió esperar a que José Roberto Arruda asumiera la gobernación, en 2006. Su vice era el megaemprendedor inmobiliario Paulo Octavio, uno de los hombres más ricos de la capital, casado con la nieta de Juscelino Kubitschek y autotitulado “heredero político” del fundador de Brasilia.

En enero de 2007 Arruda otorgó a la Compañía Inmobiliaria de Brasilia (Terracap) la misión de implementar el barrio que faltaba para concluir el Plan Piloto.

El Noroeste pretende ser el primer barrio ecológicamente correcto de Brasil: las edificaciones ocuparán sólo unas 313 de sus 821 hectáreas y el resto será rellenado con mucho verde. Tendrá 20 cuadras residenciales y 24 comerciales, y fue proyectado para ofrecer viviendas de alto standing para unas 40 mil personas. Para reducir el daño ambiental se adoptaron tecnologías innovadoras, como la reutilización del agua de lluvia para el riego del césped y para abastecer las lagunas artificiales del parque Burle Marx. Contará con un sistema de recolección de residuos por succión, que promete hacer desaparecer los camiones basureros y reducir a cero los detritos callejeros. El barrio también tendrá bicisendas y carriles exclusivos para transporte colectivo. Hoy la mitad de los 2,6 millones de brasilienses tiene vehículo propio.

“El Plan Piloto fue proyectado para abarcar a 500 mil habitantes, pero apenas llega a 220 mil. Hay inmensos vacíos urbanos en Brasilia”, explica Cássio Taniguchi, mentor intelectual del proyecto. “Tenemos que densificar, pero no de cualquier manera. La ocupación debe ser definida, estructurada y controlada adecuadamente. Es lo que se propone con el Noroeste.”

Terracap prevé la generación de 30 mil empleos directos apenas se accione la cadena productiva que viabilizará el nuevo barrio. Sólo por la venta de los proyectos residenciales el Estado recaudaría unos 2 mil millones de dólares. Otras estimaciones sostienen que allí está en gestación una masa financiera de unos 7 mil millones de dólares en servicios inmobiliarios.

El Noroeste dista mucho del modelo de expansión urbana irregular del df, explica Hugo Américo, del Instituto Brasileño del Medio Ambiente y de los Recursos Naturales Renovables. “El barrio todavía no existe, pero si se hace todo en las condiciones previstas en los exigentes estudios previos estará entre los más ecológicos de Brasil.”

En diciembre de 2008 la Terracap consiguió regularizar la joya de su corona inmobiliaria. Un mes después, el gobierno del df lanzó la piedra fundamental del nuevo sector y empezó a trabajar en la venta de los terrenos. Las primeras 55 áreas destinadas a la construcción del Noroeste fueron compradas el 29 de enero de 2009. En solamente dos horas, la Terracap ganó unos 300 millones de dólares.

Fue entonces que el hombre lobo empezó a visitar más a menudo la Tierra Indígena Bananal, obligando a Korubo a cambiar sus hábitos nocturnos.

***

Con su pelo largo y canoso, collares en el cuello y pantalonetas rojas, el chamán Santxié Tapuya, uno de los líderes de la Tierra Indígena Bananal, charla con Brecha bajo un aguacate.

El hombre que conduce la resistencia indígena contra las ambiciones inmobiliarias del gobierno tiene 53 años y nació en una lejana aldea de Pernambuco. Santxié es hijo de la etnia fulnió y lucha para preservar las tradiciones del único pueblo nordestino que mantiene vivo su idioma nativo. Aunque todos en la Tierra Indígena Bananal hablan y comprenden el portugués, es recitando el yathé que el chamán se comunica con los suyos.

Santxié explica que los primeros fulnió que se establecieron en el Planalto Central, así como muchos brasileños, vinieron a Brasilia dispuestos a moldear, con hormigón y sudor, los edificios modernistas dibujados por Niemeyer. En 1958 el Planalto Central era El Dorado para hombres y mujeres pobres de todo el país que buscaban una oportunidad para cambiar sus vidas. Luego ganarían fama bajo el nombre de “candangos”, y más tarde perderían el título de héroes nacionales para transformarse en problema social cuando decidieron quedarse en Brasilia en vez de regresar a sus casas.

Fue buscando un espacio aislado para hacer sus rituales sagrados que los fulnió habrían hallado, dentro de Brasilia, un área verde alejada de las obras y de las villas obreras. Santxié no tiene dudas de que ese lugar es el mismo en el que él ahora vive. Por ello decidió cambiar su nombre, de Tierra Indígena Bananal a Tierra Indígena Santuario de los Pajés –que es como en Brasil se llama a los chamanes–. “Ellos ya sabían que ésta era una tierra sagrada”, dice, comentando que muy cerca existen cementerios ancestrales y otros indicios de ocupación inmemorial.

Con un proyecto de miles de millones en las manos, está claro que la Compañía Inmobiliaria de Brasilia no cree en esta historia. El gobierno tiene su propia versión sobre la presencia de los indígenas en el Bananal: toda la extensión territorial pertenece a la Terracap. Eso dicen los registros legales. Y como la Terracap está subordinada a la administración del df, se puede argumentar que el Santuario de los Pajés está ubicado sobre una propiedad del Estado. Por lo tanto, en la visión de la Compañía Inmobiliaria de Brasilia, los indios que allí viven son invasores de tierras públicas.

Aquí comienza una verdadera batalla ideológica conducida por el gobierno, en asociación con el mayor diario del df, el Correio Braziliense, con el objetivo de convencer a la opinión pública de la inconveniencia de que los indios permanezcan en el Bananal y de la conveniencia de construir el primer barrio ecológico del país.

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Además de Santxié, Korubo y los otros diez indígenas que resisten en el Santuario de los Pajés, otro grupo vive en los alrededores. La población cambia en función de la época del año, de las visitas al suelo natal y de los imperativos espirituales, pero tiene una líder, Ivanice Tononé. Las circunstancias que los condujeron a Brasilia –y después al Bananal– son un poco distintas de las que conoció Santxié.

El chamán cuenta que arribó al Planalto Central huyendo de la pobreza y de las condiciones inhumanas de trabajo. Ivanice llegó a la capital buscando atención médica. Nació también en el Nordeste, en la aldea de los kariri-xokó, pueblo hoy integrado sólo por 1.700 personas que perdieron su lengua tras el contacto con el colonizador.

Santxié ayudó a Ivanice durante sus primeros meses en Brasilia, cuando ella todavía no tenía dónde quedarse.

Tal vez haya sido lo que Ivanice Tononé denomina “influencia blanca” lo que la alejó de Santxié. Durante años, tanto los fulnió como los kariri-xokó residentes en el Bananal utilizaron el Santuario de los Pajés como espacio para realizar danzas y rituales sagrados. Sin embargo, la presión de la Terracap por desalojarlos de la zona acabó por dividir a la comunidad.

En 2007, cuando la construcción del Noroeste parecía inminente, hubo una ruptura entre los indios que no querían dejar la zona y los que aceptaban irse previa indemnización.

Santxié decidió resistir para defender una tierra que considera sagrada. Pero Ivanice se dispuso a dejar el Bananal si la Terracap pagaba, a ella y a otros, el 10 por ciento del valor de mercado del terreno que la compañía necesitaba para la construcción del nuevo barrio. Como en la época la propiedad estaba valuada en 450 millones de dólares, el grupo liderado por Ivanice exigió del gobierno una compensación de 45 millones para firmar un acuerdo.

La Terracap rechazó la propuesta y utilizó la actitud de Ivanice para manipular las informaciones sobre la resistencia indígena y arremeter contra la comunidad del Bananal.

Ivanice Tononé probablemente no tenía noción de la campaña mediática que su pedido desencadenaría. Santxié quizás sí la tuviera, y por ello decidió alejarse de su ex compañera, refugiándose en el Santuario de los Pajés con sus colaboradores más cercanos y adoptando una posición definida por la defensa intransigente de la cultura indígena y de sus modos tradicionales de vida.

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A la entrada del Santuario es posible ver las banderas azules de las Naciones Unidas y de la Organización Internacional del Trabajo, que en sus estatutos reconocen el derecho de los pueblos indígenas a ocupar los territorios en que desarrollan sus actividades. La casa de Santxié está llena de extractos de la ley federal 6.001/73, que garantiza al indio la propiedad plena de áreas de menos de 50 hectáreas si hace uso tradicional de ellas por más de diez años seguidos. Es exactamente el caso del Santuario. Señales de advertencia en el camino que lleva a la tierra indígena también hacen referencia al artículo 231 de la Constitución brasileña: “Se reconoce a los indios su organización social, costumbres, lenguas, creencias y tradiciones, y los derechos originarios sobre las tierras que tradicionalmente ocupan, siendo responsabilidad del Estado demarcarlas, protegerlas y hacer respetar todos sus bienes”.

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Santxié y sus parientes del Santuario de los Pajés jamás fueron entrevistados por los medios de comunicación que han publicado noticias sobre el sector Noroeste y la impasse causada por la presencia indígena.

Según un estudio sobre la cobertura mediática de la construcción del nuevo barrio presentado en la Universidad de Brasilia por el periodista Alan Schvarsberg, entre marzo de 2008 y el mismo mes de 2009 el Correo Braziliense publicó 38 artículos relativos al tema. Aunque la cuestión indígena es citada en 31 de ellos, solamente se habló con los indios del Bananal en tres ocasiones. Y apenas dos fueron consultados, Ivanice y Mareval, precisamente miembros del grupo que aceptaba salir de la zona a cambio de una indemnización. El periódico llegó a publicar fotos de Santxié, pero Schvarsberg constató que sus periodistas nunca hablaron con el chamán ni con ningún otro indio que se rehusara a abandonar el territorio. Mucho menos dijeron que en el Santuario los fulnió preservan su lengua y su sabiduría tradicionales, y que allí poseen un templo sagrado llamado Hendjadwália Ehty, la “casa de dios”. Y tampoco que los habitantes del Santuario promueven constantemente la reforestación de áreas degradadas dentro y fuera de su territorio, ni que el trabajo con las especies típicas de la región central le hizo ganar a Santxié el Premio de Culturas Indígenas concedido por el Ministerio de Cultura en 2007. Sobre todo, no hubo una sola palabra sobre el hecho de que el Santuario es el único espacio para la práctica de la cosmovisión indígena en la capital.

Coincidencia o no, en el mismo período en que aparecieron estos artículos, el Correio Braziliense publicó 94 anuncios inmobiliarios, la mayoría en las mismas páginas en que se apoyaba la construcción del sector Noroeste. Solamente cuatro de esos anuncios no tenían el sello de la Paulo Octavio, empresa del entonces vicegobernador del df y uno de los mayores defensores del proyecto.

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El logo de la Paulo Octavio luce en el inmenso stand de ventas del sector Noroeste, un palacio erguido en el ala norte para animar la comercialización de los apartamentos. Allí se exhiben los planos y bocetos de los productos inmobiliarios de la línea Persona, sofisticados apartamentos de dos, tres o cuatro dormitorios, con piscina, gimnasio, zona de relax y un exclusivo espacio gourmet.

Paulo Octavio –Po, como lo llaman–, propietario de la empresa que lleva su nombre, asumió en febrero el gobierno de la capital. Debió sustituir a José Roberto Arruda, detenido tras haber sido pescado in fraganti sobornando a diputados estaduales. A los pocos días de asumir, Po renunció, pretextando falta de apoyo político. Muchos son los que piensan que tarde o temprano los vínculos entre el escándalo de los sobornos y el negocio inmobiliario serán puestos en evidencia. Además de Paulo Octavio, que tiene obvios intereses en la construcción del nuevo barrio, Cássio Taniguchi y Antonio Gomes también dejaron sus puestos en el gobierno tras la difusión de los videos en que se veía a Arruda pagando coimas. Taniguchi era el titular de la Secretaría de Desarrollo Urbano y Medio Ambiente, y Gomes comandaba la Terracap.

“Lo que estamos viviendo en Brasilia es un absurdo”, dice la diputada Erika Kokay. “Se ha construido una realidad fantástica y se vendió esa realidad para alimentar la destrucción de la ciudad.”

La fantasía a que se refiere la diputada tiene que ver con la manipulación que el negocio inmobiliario hace del déficit habitacional de Brasilia. De acuerdo con un relevamiento realizado por el Ministerio de las Ciudades, en 2007 había en el df un faltante de 107 mil viviendas, la gran mayoría (84 por ciento) para las clases bajas. Lejos de atender las necesidades habitacionales de esa franja, el nuevo sector residencial promovido por el gobierno apunta a un estrato social en el que prácticamente no hay déficit de viviendas.

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Quienes se oponen al proyecto sostienen que la construcción de un barrio ecológico en la única zona de selva nativa existente en el Plan Piloto, para peor pasando por encima de los derechos de los indígenas, significa la continuación de las prácticas clientelistas que desde siempre definieron la vida pública en el df.

En 1973 el hormigón cubría 122 quilómetros cuadrados del df. Treinta años después, Brasilia prácticamente cuadruplicó su tamaño. La ocupación del territorio, casi siempre desordenada e irregular en una ciudad reconocida por la excelencia de su planificación urbanística, ha causado problemas estructurales que recién ahora muestran su gravedad.

“Tenemos una situación de abastecimiento de agua muy complicada”, explica Gustavo Souto Maior, presidente del Instituto Brasilia Ambiental, dependiente del gobierno. “Producimos la misma cantidad que consumimos. La alternativa que teníamos era la construcción de una represa que ya no puede ser levantada en razón de la ocupación inmobiliaria irregular.” Recoger agua del lago Paranoá, que bordea la ciudad, es la opción que ahora manejan las autoridades.

Por más “ecológicamente correcto” que pueda ser, y por más que viabilice la expansión urbana de Brasilia dentro de padrones ambientales aceptables, el Noroeste contribuirá a agravar el “estrés hídrico” del df, porque sería levantado sobre un área de recarga de acuíferos y manantiales que abastecen precisamente a la cuenca del Paranoá.

El primer barrio verde de Brasil se hará también al precio de la tala de 150 mil árboles. La deforestación fue autorizada por las autoridades ambientales, que en contrapartida exigirán de la Terracap la plantación de 30 plantas por cada tronco talado, a un costo de 60 millones de dólares. Pero la empresa se resiste. “Es una exageración”, protesta Paulo Zimbres, arquitecto responsable del proyecto del Noroeste.

Lucio Costa ha sido invariablemente utilizado para defender los intereses de la expansión urbana. “En Brasilia lo transformaron en un mito y le dieron el poder de decidir sobre la creación y recreación de la propia ciudad, un poder que no existe en ningún otro lugar del mundo”, denuncia Frederico Flósculo, profesor de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Brasilia. “Pero, claro, la palabra de Costa sólo se vuelve ley mientras sirve al mercado inmobiliario. Como si él fuera un gran chamán urbano.”

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Basada en las leyes nacionales y en los acuerdos internacionales firmados por el país, la Fiscalía del df ha resuelto tomar cartas en el asunto de los indígenas brasilienses. Antes de aplicar la legislación debe confirmar que quienes residen en el Santuario de los Pajés pueden ser legalmente reconocidos como una comunidad tradicional. Para ello, pidió la intervención de la Fundación Nacional del Indio (Funai), órgano del gobierno responsable de garantizar el cumplimiento de los derechos de los indígenas.

Los directivos de la Funai jamás hablaron públicamente del caso, aunque desde 1996 han recibido reiterados pedidos de que realice un estudio antropológico para comprobar la “tradicionalidad” de la ocupación del Santuario de los Pajés. Muchos de esos pedidos están firmados por Santxié Tapuya. Pero los estudios de fondo no llegan.

La Fiscalía se dio cuenta, entonces, que la mejor manera de resolver la impasse sería obligar a la Funai a pronunciarse sobre la cuestión. Si Santxié y los demás indios que viven en el Bananal son oficialmente legitimados como herederos de un pueblo originario, si se confirma que ocupan la tierra de manera tradicional, y si queda patente el hecho de que trasmiten a las futuras generaciones los rasgos principales de su cultura ancestral, la justicia debería protegerlos, iniciando el proceso de demarcación de sus tierras.

El año en que Brasilia cumple 50 años se festeja también el siglo de la creación del Servicio de Protección al Indio, antecedente de la Funai.

Santxié me muestra un claro abierto en la selva por un bulldozer dentro de la tierra indígena. La misma decisión judicial que obligó a la Funai a realizar el estudio antropológico en el área también prohibió a la Terracap trabajar en el terreno reivindicado por los indios hasta que las autoridades tomen una decisión definitiva sobre el litigio. En el resto de la zona las obras de infraestructura del nuevo barrio prosiguen, y en este momento hay tractores deforestando y aislando a los indígenas en las 50 hectáreas de preservación que consideran su tierra sagrada… –tadeu breda (cc)

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