el último grito del chamán

03/05/2010 § Deixe um comentário

Brasilia cumple 50 años festejando el inicio de las obras del primer barrio ecológico del país. Pero la construcción de este barrio modelo y elitista se hará desplazando a una comunidad indígena que se resiste a abandonar su tierra

A Korubo le gusta construir sus casas en la cima de los árboles. Tres o cuatro pedazos de madera, unidos con cuerdas o clavos, le sirven de cama, y un trozo de plástico eventualmente hace de techo. En lo alto, Korubo encuentra refugio contra las sorpresas de la madrugada. Últimamente, sus noches no han sido de las más tranquilas. “Me quedo despierto hasta muy tarde para ahuyentar al hombre lobo”, dice.

Korubo es un indio de pelo escaso pero largo, fuerte a pesar de ser bajito. La mezcla de portugués con castellano que sale de su boca es resultado de los años vividos en la Amazonia, en una región que no conoce de fronteras entre Brasil y Perú. Nuestro encuentro se da en el Planalto Central, en noche de luna llena. El cielo está repleto de estrellas y la mirada de Korubo deja ver que, por lo menos aquí, la aparición de la criatura que es lobo y hombre a la vez no depende sólo de los caprichos del calendario lunar.

Lo que molesta el sueño de Korubo y demás indígenas que viven en la Tierra Indígena Bananal, ubicada dentro de los límites de la capital brasileña, es el avance de las obras para levantar, exactamente allí, a un precio aproximado de 5 mil dólares el metro cuadrado, el barrio más moderno y ecológicamente correcto que Brasilia jamás ha visto en sus 50 años de historia.

El motivo de las rondas nocturnas de Korubo para alejar al hombre lobo tiene sus raíces en 1987. En esta época, Lucio Costa (1902-1998), el urbanista que proyectó la ciudad, viajó a Brasilia y redactó algunos apuntes sobre el crecimiento de la capital. El Distrito Federal (df) estaba a punto de cumplir tres décadas de existencia, y Costa creyó que era un buen momento para opinar acerca de los rumbos de la urbe modernista que había ideado con el arquitecto Oscar Niemeyer. Así nació un documento titulado “Brasilia revisitada”.

Vista desde el cielo, o en un mapa, Brasilia tiene la forma de un avión. En lo que sería el cuerpo de la aeronave se ubican los organismos estatales y los ministerios; en la cabina, la Plaza de los Tres Poderes, espacio limitado por el Palacio Presidencial, el Congreso y el Supremo Tribunal Federal; las alas, divididas en sur y norte, comprenden las residencias y los comercios. A esta organización urbana se la conoce como Plan Piloto.

Entre sus muchas sugerencias para que el proyecto original no se desvirtuara, Lucio Costa escribió que la ciudad, si fuera necesario, podría expandirse en dirección de dos barrios todavía inexistentes y a los que llamó Oeste Sur y Oeste Norte. Según sus escritos, las nuevas aglomeraciones deberían ubicarse en áreas adjuntas a las alas Sur y Norte. Para los nuevos sectores Costa previó cuadras con edificios de tres pisos y supercuadras con construcciones de seis pisos, y dejó muy claro que la expansión urbana del Plan Piloto debería “responder a la demanda habitacional popular” y también a la de la clase media.

Las recomendaciones de cuño social y colectivista de Costa, que contemplaban la calidad de vida de la mayor parte de la población, hoy concentrada en ciudades carentes de los servicios básicos, alejada de los puestos de trabajo, con bajos índices de desarrollo humano y altas tasas de criminalidad, fueron solemnemente ignoradas. Alrededor de 80 por ciento de los brasilienses viven fuera del Plan Piloto, exactamente donde se concentra 70 por ciento de los empleos.

Rebautizado como Sudoeste, el barrio Oeste Sur proyectado por Costa fue construido durante la gestión del gobernador Joaquim Roriz, quien también intentaría materializar el sector Oeste Norte, pero el barrio, ahora llamado Noroeste, debió esperar a que José Roberto Arruda asumiera la gobernación, en 2006. Su vice era el megaemprendedor inmobiliario Paulo Octavio, uno de los hombres más ricos de la capital, casado con la nieta de Juscelino Kubitschek y autotitulado “heredero político” del fundador de Brasilia.

En enero de 2007 Arruda otorgó a la Compañía Inmobiliaria de Brasilia (Terracap) la misión de implementar el barrio que faltaba para concluir el Plan Piloto.

El Noroeste pretende ser el primer barrio ecológicamente correcto de Brasil: las edificaciones ocuparán sólo unas 313 de sus 821 hectáreas y el resto será rellenado con mucho verde. Tendrá 20 cuadras residenciales y 24 comerciales, y fue proyectado para ofrecer viviendas de alto standing para unas 40 mil personas. Para reducir el daño ambiental se adoptaron tecnologías innovadoras, como la reutilización del agua de lluvia para el riego del césped y para abastecer las lagunas artificiales del parque Burle Marx. Contará con un sistema de recolección de residuos por succión, que promete hacer desaparecer los camiones basureros y reducir a cero los detritos callejeros. El barrio también tendrá bicisendas y carriles exclusivos para transporte colectivo. Hoy la mitad de los 2,6 millones de brasilienses tiene vehículo propio.

“El Plan Piloto fue proyectado para abarcar a 500 mil habitantes, pero apenas llega a 220 mil. Hay inmensos vacíos urbanos en Brasilia”, explica Cássio Taniguchi, mentor intelectual del proyecto. “Tenemos que densificar, pero no de cualquier manera. La ocupación debe ser definida, estructurada y controlada adecuadamente. Es lo que se propone con el Noroeste.”

Terracap prevé la generación de 30 mil empleos directos apenas se accione la cadena productiva que viabilizará el nuevo barrio. Sólo por la venta de los proyectos residenciales el Estado recaudaría unos 2 mil millones de dólares. Otras estimaciones sostienen que allí está en gestación una masa financiera de unos 7 mil millones de dólares en servicios inmobiliarios.

El Noroeste dista mucho del modelo de expansión urbana irregular del df, explica Hugo Américo, del Instituto Brasileño del Medio Ambiente y de los Recursos Naturales Renovables. “El barrio todavía no existe, pero si se hace todo en las condiciones previstas en los exigentes estudios previos estará entre los más ecológicos de Brasil.”

En diciembre de 2008 la Terracap consiguió regularizar la joya de su corona inmobiliaria. Un mes después, el gobierno del df lanzó la piedra fundamental del nuevo sector y empezó a trabajar en la venta de los terrenos. Las primeras 55 áreas destinadas a la construcción del Noroeste fueron compradas el 29 de enero de 2009. En solamente dos horas, la Terracap ganó unos 300 millones de dólares.

Fue entonces que el hombre lobo empezó a visitar más a menudo la Tierra Indígena Bananal, obligando a Korubo a cambiar sus hábitos nocturnos.

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Con su pelo largo y canoso, collares en el cuello y pantalonetas rojas, el chamán Santxié Tapuya, uno de los líderes de la Tierra Indígena Bananal, charla con Brecha bajo un aguacate.

El hombre que conduce la resistencia indígena contra las ambiciones inmobiliarias del gobierno tiene 53 años y nació en una lejana aldea de Pernambuco. Santxié es hijo de la etnia fulnió y lucha para preservar las tradiciones del único pueblo nordestino que mantiene vivo su idioma nativo. Aunque todos en la Tierra Indígena Bananal hablan y comprenden el portugués, es recitando el yathé que el chamán se comunica con los suyos.

Santxié explica que los primeros fulnió que se establecieron en el Planalto Central, así como muchos brasileños, vinieron a Brasilia dispuestos a moldear, con hormigón y sudor, los edificios modernistas dibujados por Niemeyer. En 1958 el Planalto Central era El Dorado para hombres y mujeres pobres de todo el país que buscaban una oportunidad para cambiar sus vidas. Luego ganarían fama bajo el nombre de “candangos”, y más tarde perderían el título de héroes nacionales para transformarse en problema social cuando decidieron quedarse en Brasilia en vez de regresar a sus casas.

Fue buscando un espacio aislado para hacer sus rituales sagrados que los fulnió habrían hallado, dentro de Brasilia, un área verde alejada de las obras y de las villas obreras. Santxié no tiene dudas de que ese lugar es el mismo en el que él ahora vive. Por ello decidió cambiar su nombre, de Tierra Indígena Bananal a Tierra Indígena Santuario de los Pajés –que es como en Brasil se llama a los chamanes–. “Ellos ya sabían que ésta era una tierra sagrada”, dice, comentando que muy cerca existen cementerios ancestrales y otros indicios de ocupación inmemorial.

Con un proyecto de miles de millones en las manos, está claro que la Compañía Inmobiliaria de Brasilia no cree en esta historia. El gobierno tiene su propia versión sobre la presencia de los indígenas en el Bananal: toda la extensión territorial pertenece a la Terracap. Eso dicen los registros legales. Y como la Terracap está subordinada a la administración del df, se puede argumentar que el Santuario de los Pajés está ubicado sobre una propiedad del Estado. Por lo tanto, en la visión de la Compañía Inmobiliaria de Brasilia, los indios que allí viven son invasores de tierras públicas.

Aquí comienza una verdadera batalla ideológica conducida por el gobierno, en asociación con el mayor diario del df, el Correio Braziliense, con el objetivo de convencer a la opinión pública de la inconveniencia de que los indios permanezcan en el Bananal y de la conveniencia de construir el primer barrio ecológico del país.

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Además de Santxié, Korubo y los otros diez indígenas que resisten en el Santuario de los Pajés, otro grupo vive en los alrededores. La población cambia en función de la época del año, de las visitas al suelo natal y de los imperativos espirituales, pero tiene una líder, Ivanice Tononé. Las circunstancias que los condujeron a Brasilia –y después al Bananal– son un poco distintas de las que conoció Santxié.

El chamán cuenta que arribó al Planalto Central huyendo de la pobreza y de las condiciones inhumanas de trabajo. Ivanice llegó a la capital buscando atención médica. Nació también en el Nordeste, en la aldea de los kariri-xokó, pueblo hoy integrado sólo por 1.700 personas que perdieron su lengua tras el contacto con el colonizador.

Santxié ayudó a Ivanice durante sus primeros meses en Brasilia, cuando ella todavía no tenía dónde quedarse.

Tal vez haya sido lo que Ivanice Tononé denomina “influencia blanca” lo que la alejó de Santxié. Durante años, tanto los fulnió como los kariri-xokó residentes en el Bananal utilizaron el Santuario de los Pajés como espacio para realizar danzas y rituales sagrados. Sin embargo, la presión de la Terracap por desalojarlos de la zona acabó por dividir a la comunidad.

En 2007, cuando la construcción del Noroeste parecía inminente, hubo una ruptura entre los indios que no querían dejar la zona y los que aceptaban irse previa indemnización.

Santxié decidió resistir para defender una tierra que considera sagrada. Pero Ivanice se dispuso a dejar el Bananal si la Terracap pagaba, a ella y a otros, el 10 por ciento del valor de mercado del terreno que la compañía necesitaba para la construcción del nuevo barrio. Como en la época la propiedad estaba valuada en 450 millones de dólares, el grupo liderado por Ivanice exigió del gobierno una compensación de 45 millones para firmar un acuerdo.

La Terracap rechazó la propuesta y utilizó la actitud de Ivanice para manipular las informaciones sobre la resistencia indígena y arremeter contra la comunidad del Bananal.

Ivanice Tononé probablemente no tenía noción de la campaña mediática que su pedido desencadenaría. Santxié quizás sí la tuviera, y por ello decidió alejarse de su ex compañera, refugiándose en el Santuario de los Pajés con sus colaboradores más cercanos y adoptando una posición definida por la defensa intransigente de la cultura indígena y de sus modos tradicionales de vida.

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A la entrada del Santuario es posible ver las banderas azules de las Naciones Unidas y de la Organización Internacional del Trabajo, que en sus estatutos reconocen el derecho de los pueblos indígenas a ocupar los territorios en que desarrollan sus actividades. La casa de Santxié está llena de extractos de la ley federal 6.001/73, que garantiza al indio la propiedad plena de áreas de menos de 50 hectáreas si hace uso tradicional de ellas por más de diez años seguidos. Es exactamente el caso del Santuario. Señales de advertencia en el camino que lleva a la tierra indígena también hacen referencia al artículo 231 de la Constitución brasileña: “Se reconoce a los indios su organización social, costumbres, lenguas, creencias y tradiciones, y los derechos originarios sobre las tierras que tradicionalmente ocupan, siendo responsabilidad del Estado demarcarlas, protegerlas y hacer respetar todos sus bienes”.

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Santxié y sus parientes del Santuario de los Pajés jamás fueron entrevistados por los medios de comunicación que han publicado noticias sobre el sector Noroeste y la impasse causada por la presencia indígena.

Según un estudio sobre la cobertura mediática de la construcción del nuevo barrio presentado en la Universidad de Brasilia por el periodista Alan Schvarsberg, entre marzo de 2008 y el mismo mes de 2009 el Correo Braziliense publicó 38 artículos relativos al tema. Aunque la cuestión indígena es citada en 31 de ellos, solamente se habló con los indios del Bananal en tres ocasiones. Y apenas dos fueron consultados, Ivanice y Mareval, precisamente miembros del grupo que aceptaba salir de la zona a cambio de una indemnización. El periódico llegó a publicar fotos de Santxié, pero Schvarsberg constató que sus periodistas nunca hablaron con el chamán ni con ningún otro indio que se rehusara a abandonar el territorio. Mucho menos dijeron que en el Santuario los fulnió preservan su lengua y su sabiduría tradicionales, y que allí poseen un templo sagrado llamado Hendjadwália Ehty, la “casa de dios”. Y tampoco que los habitantes del Santuario promueven constantemente la reforestación de áreas degradadas dentro y fuera de su territorio, ni que el trabajo con las especies típicas de la región central le hizo ganar a Santxié el Premio de Culturas Indígenas concedido por el Ministerio de Cultura en 2007. Sobre todo, no hubo una sola palabra sobre el hecho de que el Santuario es el único espacio para la práctica de la cosmovisión indígena en la capital.

Coincidencia o no, en el mismo período en que aparecieron estos artículos, el Correio Braziliense publicó 94 anuncios inmobiliarios, la mayoría en las mismas páginas en que se apoyaba la construcción del sector Noroeste. Solamente cuatro de esos anuncios no tenían el sello de la Paulo Octavio, empresa del entonces vicegobernador del df y uno de los mayores defensores del proyecto.

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El logo de la Paulo Octavio luce en el inmenso stand de ventas del sector Noroeste, un palacio erguido en el ala norte para animar la comercialización de los apartamentos. Allí se exhiben los planos y bocetos de los productos inmobiliarios de la línea Persona, sofisticados apartamentos de dos, tres o cuatro dormitorios, con piscina, gimnasio, zona de relax y un exclusivo espacio gourmet.

Paulo Octavio –Po, como lo llaman–, propietario de la empresa que lleva su nombre, asumió en febrero el gobierno de la capital. Debió sustituir a José Roberto Arruda, detenido tras haber sido pescado in fraganti sobornando a diputados estaduales. A los pocos días de asumir, Po renunció, pretextando falta de apoyo político. Muchos son los que piensan que tarde o temprano los vínculos entre el escándalo de los sobornos y el negocio inmobiliario serán puestos en evidencia. Además de Paulo Octavio, que tiene obvios intereses en la construcción del nuevo barrio, Cássio Taniguchi y Antonio Gomes también dejaron sus puestos en el gobierno tras la difusión de los videos en que se veía a Arruda pagando coimas. Taniguchi era el titular de la Secretaría de Desarrollo Urbano y Medio Ambiente, y Gomes comandaba la Terracap.

“Lo que estamos viviendo en Brasilia es un absurdo”, dice la diputada Erika Kokay. “Se ha construido una realidad fantástica y se vendió esa realidad para alimentar la destrucción de la ciudad.”

La fantasía a que se refiere la diputada tiene que ver con la manipulación que el negocio inmobiliario hace del déficit habitacional de Brasilia. De acuerdo con un relevamiento realizado por el Ministerio de las Ciudades, en 2007 había en el df un faltante de 107 mil viviendas, la gran mayoría (84 por ciento) para las clases bajas. Lejos de atender las necesidades habitacionales de esa franja, el nuevo sector residencial promovido por el gobierno apunta a un estrato social en el que prácticamente no hay déficit de viviendas.

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Quienes se oponen al proyecto sostienen que la construcción de un barrio ecológico en la única zona de selva nativa existente en el Plan Piloto, para peor pasando por encima de los derechos de los indígenas, significa la continuación de las prácticas clientelistas que desde siempre definieron la vida pública en el df.

En 1973 el hormigón cubría 122 quilómetros cuadrados del df. Treinta años después, Brasilia prácticamente cuadruplicó su tamaño. La ocupación del territorio, casi siempre desordenada e irregular en una ciudad reconocida por la excelencia de su planificación urbanística, ha causado problemas estructurales que recién ahora muestran su gravedad.

“Tenemos una situación de abastecimiento de agua muy complicada”, explica Gustavo Souto Maior, presidente del Instituto Brasilia Ambiental, dependiente del gobierno. “Producimos la misma cantidad que consumimos. La alternativa que teníamos era la construcción de una represa que ya no puede ser levantada en razón de la ocupación inmobiliaria irregular.” Recoger agua del lago Paranoá, que bordea la ciudad, es la opción que ahora manejan las autoridades.

Por más “ecológicamente correcto” que pueda ser, y por más que viabilice la expansión urbana de Brasilia dentro de padrones ambientales aceptables, el Noroeste contribuirá a agravar el “estrés hídrico” del df, porque sería levantado sobre un área de recarga de acuíferos y manantiales que abastecen precisamente a la cuenca del Paranoá.

El primer barrio verde de Brasil se hará también al precio de la tala de 150 mil árboles. La deforestación fue autorizada por las autoridades ambientales, que en contrapartida exigirán de la Terracap la plantación de 30 plantas por cada tronco talado, a un costo de 60 millones de dólares. Pero la empresa se resiste. “Es una exageración”, protesta Paulo Zimbres, arquitecto responsable del proyecto del Noroeste.

Lucio Costa ha sido invariablemente utilizado para defender los intereses de la expansión urbana. “En Brasilia lo transformaron en un mito y le dieron el poder de decidir sobre la creación y recreación de la propia ciudad, un poder que no existe en ningún otro lugar del mundo”, denuncia Frederico Flósculo, profesor de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Brasilia. “Pero, claro, la palabra de Costa sólo se vuelve ley mientras sirve al mercado inmobiliario. Como si él fuera un gran chamán urbano.”

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Basada en las leyes nacionales y en los acuerdos internacionales firmados por el país, la Fiscalía del df ha resuelto tomar cartas en el asunto de los indígenas brasilienses. Antes de aplicar la legislación debe confirmar que quienes residen en el Santuario de los Pajés pueden ser legalmente reconocidos como una comunidad tradicional. Para ello, pidió la intervención de la Fundación Nacional del Indio (Funai), órgano del gobierno responsable de garantizar el cumplimiento de los derechos de los indígenas.

Los directivos de la Funai jamás hablaron públicamente del caso, aunque desde 1996 han recibido reiterados pedidos de que realice un estudio antropológico para comprobar la “tradicionalidad” de la ocupación del Santuario de los Pajés. Muchos de esos pedidos están firmados por Santxié Tapuya. Pero los estudios de fondo no llegan.

La Fiscalía se dio cuenta, entonces, que la mejor manera de resolver la impasse sería obligar a la Funai a pronunciarse sobre la cuestión. Si Santxié y los demás indios que viven en el Bananal son oficialmente legitimados como herederos de un pueblo originario, si se confirma que ocupan la tierra de manera tradicional, y si queda patente el hecho de que trasmiten a las futuras generaciones los rasgos principales de su cultura ancestral, la justicia debería protegerlos, iniciando el proceso de demarcación de sus tierras.

El año en que Brasilia cumple 50 años se festeja también el siglo de la creación del Servicio de Protección al Indio, antecedente de la Funai.

Santxié me muestra un claro abierto en la selva por un bulldozer dentro de la tierra indígena. La misma decisión judicial que obligó a la Funai a realizar el estudio antropológico en el área también prohibió a la Terracap trabajar en el terreno reivindicado por los indios hasta que las autoridades tomen una decisión definitiva sobre el litigio. En el resto de la zona las obras de infraestructura del nuevo barrio prosiguen, y en este momento hay tractores deforestando y aislando a los indígenas en las 50 hectáreas de preservación que consideran su tierra sagrada… –tadeu breda (cc)

>> publicado en brecha

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