De las portadas al olvido

18/05/2010 § Deixe um comentário

Dos meses después del seísmo, Haití sigue siendo una región devastada donde las enfermedades y la malnutrición han tomado el mando. La inminente temporada de lluvias, los huracanes y la corrupción institucionalizada amenazan la vida de cerca de 800.000 desplazados. Además, la ayuda internacional no parece suficiente para mantener la frágil estabilidad del país más pobre de América

La ruta 48 comienza a perder asfalto y a llenarse de baches en la salida de Jimaní, la última villa dominicana antes de entrar en Haití. Decenas de pequeños estraperlistas, con sus cargas sobre la cabezas, zigzaguean a lo largo de una kilométrica hilera de trailers y de miles de toneladas de ayuda humanitaria que se dirigen hacia el centro logístico de Puerto Príncipe. Moto-taxis, tap-taps, mercaderes y cambistas de dudosa reputación deambulan en un aparente “nada que hacer”, mientras decenas de militares dominicanos y cascos azules intentan poner orden en ese anárquico ir y venir  en el que se ha convertido el paso fronterizo de Mallepasse. Son las once y media de la mañana y la mayoría de conductores cargan en sus miradas el cansancio de una espera que dura ya más de 5 horas. Pese a las facilidades ofrecidas por el departamento de Inmigración dominicano –hace ya más de un mes que no se exige visado para cruzar la frontera en dirección a la tragedia- todo se atasca y ralentiza en el servicio de aduanas de Haití, que no se muestra tan permisivo con la ayuda destinada a su propia hecatombe.

Mari Sol es la representante del convoy de ayuda que MUDHA (Movimiento de Mujeres Dominico-Haitianas) envía a uno de los orfanatos de Leoganne, ciudad que fuera epicentro del seísmo. Su oscuro rostro mezcla impotencia y mal humor y, desde hace más de una hora, rebota frenética de un extremo al otro de la gendarmería, con los formularios de aduanas enrollados en una mano y el móvil en la otra, a la espera de que el embajador haitiano en Santo Domingo atienda a su llamada. No hay manera de cruzar porque, aunque parezca mentira, “las medicinas han dejado de ser ayuda prioritaria”, según explica una oronda funcionaria de gesto serio e inflexible. Atrincherada tras una mesa de oficina, se lleva a la boca una cuchara de arroz con habichuelas y no da su brazo a torcer. El convoy no pasará hasta que no abandone el material médico que transporta. “Los medicamentos deben venir firmados y sellados por el ministerio de Sanidad”, insiste. Mari Sol y el resto de representantes de organizaciones humanitarias no pueden dar crédito. Aunque tampoco les dejan demasiado tiempo para mostrar su indignación. Otra cucharada y la funcionaria ordena a un gendarme que expulse de la sala a los cooperantes.

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“El ministerio de Sanidad se hundió con el terremoto y no funciona desde el día doce de Enero. Cuando tengamos esa documentación, nos pedirá la firma de Papa ”, repite , indignado, Walter Ramón, uno de los representantes del convoy de Cruz Roja Dominicana, mientras golpea con el dedo los folios del formulario. “Aquí mismo hay una oficina del ministerio pero no esta el funcionario y ni siquiera se nos facilita su teléfono de contacto”, dice otro representante que prefiere permanecer en el anonimato. Al final, logran hablar con el embajador de Haití en República Dominicana. Pero tampoco sirve de nada. Dice que está atado de pies y manos. Las medicinas no pasan, así que Mari Sol tiene que resignarse, dar media vuelta y abandonarlas en un almacén de Jimaní. Por lo menos, las ropas y el material escolar que completan la carga podrán llegar a su destino. Una vez dentro de Haití, en una pequeña estación de servicios de La Source, a cinco kilómetros de la frontera, un grupo de transportistas dominicanos confirma la sospecha: la única firma que faltaba en los formularios es la que el secretario del Tesoro estadounidense imprime en los billetes de cien dólares.

Leogane: un viaje al epicentro

El 12 de Enero de 2010 se hundieron entre el 80% y el 90% de los edificios de la ciudad de Léogane, según los datos de la ONU. A día de hoy, la gran mayoría de los 140.000 habitantes de esta ciudad borrada del mapa vive bajo el control de la fuerzas armadas canadienses, rescatando lo que puede de los escombros, hacinada en campos de desplazados y privada de su todavía incipiente pero principal fuente ingresos: el turismo.

El camino que lleva hacia la costa -donde se encontraban los complejos turísticos de la ciudad- es un reguero de humildes casas hundidas entre plataneros y refugios de latón y plástico sobre las cunetas . Aquí todavía no ha llegado esa ayuda que alivia algo a Puerto Príncipe, la capital. Las patrullas canadienses -armadas hasta los dientes pero sin ninguna ayuda efectiva- vienen y van en dirección a la playa y el sonido de los helicópteros sobrevuela la zona a cada minuto sin que parezca perturbar la vida de los habitantes del lugar. Después de dos meses, parecen ya acostumbrados a esta rutina de salir mal acompañados de su abandono.

La pequeña comunidad Ca Ira, fin del trayecto, era una villa tradicional haitiana anclada en algún tiempo muy remoto. Por aquí no viene mucha gente de la ciudad, menos aún occidentales, y las centenarias costumbres de sus antepasados africanos y el vudú marcan los comportamientos y las estructura de esta aislada sociedad. Entre los pequeños claros del bosque tropical que bordea la costa se desparraman los esqueletos de decenas de sencillas casas de madera que hablan de esa vida primitiva y sencilla. Raquíticos cerdos y escuálidas gallinas, sustento del día a día, campan a sus anchas entre las ruinas. A su alrededor, los innumerables críos de la zona juegan con sus cometas hechas de plástico y ramas junto al improvisado campo de desplazados en el que unas 200 familias sobreviven mientras reconstruyen su pequeño y aislado paraíso.

Jean Tus, de 40 años, llegó aquí el día 15 de enero, tres días después del terremoto. El es haitiano y emigró con sus padres, aún siendo un niño, a Estados Unidos. Allí, trabaja de cámara para una televisión local de Chicago. Su familia es de una aldea no muy lejana, a unos 5 kilómetros siguiendo la ruta que va hacia Grand Goave. A día de hoy, como él mismo asegura, sus raíces se han hundido en esta comunidad hasta sentirse uno más. “Volverme ahora a mi casa y dejarlos así sería algo inmoral, así que me quedaré más tiempo”, dice. ¿Cuánto tiempo? El suficiente como para convencer a un equipo de médicos estadounidenses para hacer una campaña de vacunaciones en la zona. El aislamiento y las condiciones de vida de esta población hace que el dengue y la malaria causen estragos cada estación de lluvias, y ésta que se avecina promete ser mucho más agresiva.

Son las doce y media del mediodía y Jean Tus se acerca a una improvisada iglesia levantada bajo la frondosa vegetación que cubre las ruinas de cuatro cabañas. Tras charlar con el pastor, la misa se interrumpe y Jean toma la tribuna para explicar a la parroquia el procedimiento para la vacunación que se llevará a cabo al día siguiente. Al termino de la celebración religiosa casi toda la congregación se encuentra formando un larga hilera frente al campo de desplazados. Allí, uno por uno irán apuntando su nombre y edad, para dejar constancia de aquellos que están dispuestos a aceptar la ayuda que se les ofrece. En estas comunidades tan aisladas no todos se fían de las bondades que trae el hombre blanco.

Amanece en el campo de desplazados de Ca Ira. Al igual que el día anterior casi toda la comunidad aguarda reunida la llegada de los doctores. El estado de animo es de alegría generalizada. Ancianos, mujeres y niños forman el grueso del grupo, pues la mayoría de los hombres aún se afanan en arreglar sus tiendas y en recoger las pocas cosas de utilidad que aún permanecen en sus casas. Jean Tus parece intranquilo, pero hay un brillo de satisfacción en su mirada. La satifacción de saber a su comunidad un poco más segura para afrontar la temporada de lluvias.

Puerto Principe: el lento despertar

Poco o nada queda ya de las casas con reminiscencias coloniales, de los paseos porticados o de aquellas iglesias con influencias francesas que hacían de Puerto Príncipe una ciudad hermosa, pese a la pobreza e inestabilidad crónica que nunca ha logrado arrancarse. Hoy, meses después de la tragedia, sus 4 millones de habitantes viven inmersos en la sofocante nube de polvo que se levanta de los escombros . En cada calle, en cada esquina, se levanta un puesto de venta de cualquier cosa, desde teléfonos averiados hasta el “aguasal” de las entregas de ayuda humanitaria. Las montañas de basura arden o se pudren a la vera de cualquier solar venido abajo y cada casa destruida se convierte en puesto de trabajo para unos ciudadanos tratan de extraer, desesperados, cualquier material útil. Por lo general, hierros, maderas  o muebles mutilados que serán destinados a la urgente mejora de sus nuevos hogares en los campos de desplazados que se extienden por toda la urbe. La temporada de lluvias se acerca y el temor a las riadas y las epidemias espolea a la población a hacer aquello que sus gobernantes aún no han sabido hacer: tomar las riendas de la reconstrucción.

Cerca del destruido palacio presidencial, un grupo de chavales del campo de desplazados de Cham du Mars se afana por extraer una gran viga de madera de los escombros de un edificio ministerial., como todos los edificios públicos, vedado al reciclaje. El olor acre e incisivo de los cuerpos sin vida que aún permanecen allí inunda la escena. Algunos de los muchachos, los que por su edad aún no sirven para tan duro trabajo, vigilan desde fuera la llegada de la policía; otros muchos se arrastran entre los muros y los hierros retorcidos ignorando los riesgos de un nuevo temblor. La explotación de estas minas de escombro, siempre en grupo, esta regida por la ley del más fuerte. En el momento en que otro grupo osa acercarse al paupérrimo botín, se marca el territorio a pedradas y estacazos. En esta ciudad, como en tantas otras afectadas por el seísmo, el día a día se ha transformado en una lucha individualista por la conservación. Aquí, el valor de la vidas ajenas se cotiza a la baja.

El Hospital Universitario, uno de los pocos hospitales públicos de Puerto Príncipe, también cedió a los envites de la tierra aquella tarde. Pese a su robusta estructura, son muy pocos  los pabellones que siguen en pie y casi todos están inservibles. Solamente uno, aquel al que se derivan los casos más urgentes, permanece operativo. Todas las demás áreas, desde ginecología hasta pediatría ,están ubicadas en la veintena de tiendas de campaña que esparcen por lo que un día fueran los aparcamientos y los jardines. El equipo de profesionales que allí trabajaba, mortalmente golpeado por la tragedia, también se ha reducido en un gran número y sus puestos se ven ahora cubiertos por decenas de voluntarios, nacionales y extranjeros, desbordados por el gran número de afectados y la escasez de medios con la que trabajan.

Alain Morel cursaba el último año en la facultad de medicina hasta que la universidad se vino abajo. Ahora es voluntario en el hospital y ayuda en lo que puede dentro del área reservada a la maternidad. En si, una gran tienda de campaña con capacidad para 18 camas y un porche con el suelo forrado de cartones donde descansan las embarazadas. Armado con una  bata azul y un auscultador, Alain trata de pasar la revisión a una de las pacientes, pero no es fácil escuchar los sonidos del organismo cuando a tu alrededor alguien chilla, presa del dolor de las contracciones. “Estamos volviendo a los indices de los años 90” dice refiriendose a la mortandad neonatal. “La situación es de extrema necesidad”, lamenta. Madres y recién nacidos apenas pueden permanecer unas horas en el hospital y, cuando se van, suelen volver a un campo de refugiados “donde las condiciones de higiene ponen en grave riesgo la salud de ambos”.

Amanece en Puerto Principe y cientos de personas se agolpan sobre uno de los cruces del Bulevar Toussaint Louverture, no muy lejos del aeropuerto internacional. El nerviosismo marca los rostros y miradas de todos los que allí esperan; y al dibujarse en el horizonte los primeros camiones, los gritos, los golpes y los empujones comienzan a subirse de tono hasta formar una gran masa de histeria, en la que los peor parados son los de siempre: ancianos y niños. Hoy es día de reparto de comida en el distrito de Cité Militaire, al noroeste de la ciudad, y pese a la presencia de una compañía de Rangers estadounidenses, se hace difícil mantener a raya el instinto de supervivencia de tantos seres humanos. “Si no estuviéramos aquí, ya se habrían echado encima del camión, pisándose unos a otros y sin dar tiempo a abrir las puertas”, comenta el Sargento Gaettah con una indiferencia rayana a la crueldad, mientras sus muchachos tratan de sacar de la fila a todo aquel que no cuenta con cartillas de racionamiento.

La entrega de hoy poco tiene que ver con las que aún se producen en zonas de acceso más difícil. Allí, aún pueden verse esas grandes montañas humanas de rostros asustados y de desconsuelo. Allí, la gente aún se aplasta presa de la desesperación y las madres pelean como leonas con sus críos a la espalda por lo que toque, pues la mayoría de las veces ni tan siquiera se sabe que hay dentro de los fardos. La imagen de hoy es menos cruda y menos mediática, pero hay un poso enorme de incertidumbre. Las miradas de los que aquí esperan hoy lucen cansancio y desesperación, las barrigas hinchadas de los niños hablan de una desnutrición mucho más antigua que el seísmo y que el orden aparente es fruto de una ocupación militar, no tan bien vista desde aquí dentro.

“La unión hace la fuerza” reza la bandera de Haití. Frase que encierra una gran paradoja, casi una broma de mal gusto, en éste país cuyos gobernantes fueron los primeros en dar la espantada tras la tragedia. Un país en el que un 10% de la población posee más del 80% de las riqueza y en el que mas de 6 millones de pobres sobrevive gracias a los parches de la ayuda internacional. Un país, el más pobre de América, en el que cada individuo se ve obligado a mirar su propio ombligo, posiblemente inflamado por la malnutrición. –texto y fotos por manu brabo (c)

>> publicado en Gara
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